Me casé
Yo habÃa oÃdo decir, y habÃa visto, a tantos hombres llenos de nervios antes del matrimonio. A mà no tenÃa por qué darme miedo si, por un lado ya habÃa estado a punto de casarme antes y, por el otro, llevaba una vida de casado con Irena. Pero vieran que sà me dio miedo. Un escalofrÃo me subÃa y me bajaba por la espalda los dÃas anteriores. El dÃa anterior tenÃa la presión altÃsima y estaba congestionado por el calor. No pude dormir. El pánico me asaltaba cada vez que trataba de quedarme dormido. Al final, resulté despertándome exactamente cada hora a mirar el reloj a ver si ya era hora de levantarme.
Media hora antes de que sonara el despertador, a las seis en punto, me levanté y me metà al baño a disfrutar un poco del solitario solaz que ofrece sentarse en el trono principal. Pero habÃa hecho mucho ruido. La visita se despertó. El hermano de Irena me rogó que saliera. Luego siguió la procesión. Para cuando todos terminaron, ya eran veinte para las siete y no pude bañarme con la paciencia con la que habÃa pensado hacerlo. Al final, cuando llegaron las sillas para la recepción (todavÃa no hemos comprado sillas para el comedor), apenas faltaban veinte minutos para las ocho y ya era hora de que saliéramos para el ayuntamiento.
TenÃamos apenas un puesto de estacionamiento autorizado cerca al ayuntamiento. La ciudad ya estaba despierta en ese momento, perezosa y oscura y, sobre todo, frÃa. Creo que parecÃamos lunares en el rebaño de estudiantes y ancianos cada uno a su destino. Sonrisas cómplices pasaban por un lado, mientras por el otro pasaba una bicicleta. Las bicicletas en Europa
tienen derecho a pasear por donde quieran. El estacionamiento estaba a al menos cien metros de la entrada del ayuntamiento. Vi una Ratisbona que no habÃa visto antes. Vi la Ratisbona del centro histórico en las primeras horas de la mañana. Vi a los asiáticos y los turcos, y los sempiternos ancianos alemanes, en sus ropas de diario mientras nosotros andábamos con nuestras mejores galas.
Abajo esperaba la intérprete, una barcelonesa medio esotérica que soñaba que asistÃa a una boda y el marido le dijo, “tonta, que no es un sueño, a levantarse que te esperan en el ayuntamiento”. Pues claro, despeinada y con su ropa de ex fumadora de hierba, pues desentonaba…
Cruzamos la vieja puerta del edificio de más de setecientos cincuenta años, más de los que tiene de descubierto el continente americano. Y apareció la primera sorpresa. Es tan obvio que uno va a casarse por las flores, la ropa y la actitud. Pero esta vez, más que una sonrisa amistosa, nos estrecharon la mano a los contrayentes. TodavÃa no estaba yo suficientemente despierto, o digamos, alerta, pero estaba seguro de que a ese tipo lo habÃa visto antes. Pobrecito, buscando la reelección y ninguno de los presentes podÃamos votar por él para alcalde mayor. Buenos deseos y expresión de complacencia porque Ãbamos a “atar el nudo”. Ahora, las escaleras que crujÃan, llenas de polvo. Me pregunté si también hacÃa setecientos años que no las limpiaban. Arriba esperaba la segunda sorpresa.
Para nuestra tristeza, los dÃas anteriores habÃan estado llenos de cancelaciones y excusas de todos los que, por uno u otro motivo, no podÃan asistir a la ceremonia. Es que, ¿a quién se le ocurre casarse un jueves a las ocho de la mañana? Pero ahà estaba un primo de Irena, de los pocos que conozco, junto a su pareja, sonrientes y felices de vernos. Y nosotros también. HabÃan llamado especialmente a decir que no vendrÃan, sólo para darnos la sorpresa. El dÃa empezaba bien, en menos de diez minutos ya habÃa habido dos sorpresas. Pero seguirÃan más.
De las puertas cerradas de la sala salió un señor bien vestido a pedirnos que entráramos solamente los contrayentes y la intérprete. Algo olÃa mal en Ratisbona. Pálidos del miedo, y a puertas cerradas, el juez nos explicó que habÃa un formalismo que no habÃamos llenado y que no querÃa dañarnos la fiesta, pero nos hizo firmar un documento de compromiso de que llenarÃamos ese requisito después. Qué complicados son estos alemanes. Como tenÃamos la opción de elegir el derecho alemán, colombiano o esloveno para efectos de cambio de nombre, estábamos obligados a notificar nuestra decisión a nuestras embajadas. Y hasta ahora lo decÃan.
En fin, entraron los otros y la ceremonia empezó. En realidad, no deberÃa haber tomado más de algunos minutos, pero el juez pensaba que era una ocasión lo suficientemente importante para explayarse contando la historia de esa habitación en particular.
Los ratisbonenses se precian de haber acuñado la frase “hagamos una mesa redonda”. Pues resulta que esa sala, en la que nos estábamos casando, era la misma en la que, precisamente, se fraguaban conspiraciones y se elegÃan los prÃncipes regentes alrededor de una mesa que no es particularmente redonda sino más bien octogonal. Quizá era a eso a lo que se referÃan con la cuadratura del cÃrculo. Pero me estoy saliendo del tema. En fin, tenÃan todo organizado con velas y, en la penumbra propia de los edificios viejos diseñados para ahuyentar el frÃo del invierno, tuvo lugar la ceremonia más importante de mi vida.
Es una lástima que la intérprete no hubiera resultado tan buena como yo esperaba. Afortunadamente, yo iba entendiendo lo que iban diciendo y me daba cuenta del trabajo insuficiente de la señora. Claro que no estaba cobrando (aunque sà tuvimos que pagar un recargo al registro civil por lo que la ceremonia iba a ser en dos idiomas). En fin, yo entendÃa los chistes con algo de retraso.
Como nunca me habÃa casado, no sabÃa cómo iba a ser eso. El juez empezó a hablar de la importancia y de la relativa indivisibilidad del matrimonio. Luego, sin previo aviso, dijo que iba a hacer una pregunta. Toda la tensión, toda la expectativa habÃa llegado al momento culminante. Empecé a preocuparme porque no sabÃa muy bien lo que debÃa responder por los nervios y por la constante repetición simultánea y algo chueca de lo que estaba pasando. Pero el funcionario resolvió mi problema cuando dijo que debÃamos que responder con “sÔ a su pregunta. Ahà me sentà aliviado. Es como presentarse al ICFES sabiendo de antemano todas las respuestas. Ya no habrÃa titubeos ni errores. La respuesta ya estaba dada. Descansé.
Entonces, pidió a la intérprete que, ahora sÃ, tradujera literalmente todo lo que decÃa, incluso lo que le dijera a la novia aunque ella sà lo entendiera. Volvió la tensión. Yo sudaba. No sabÃa para dónde mirar. El tipo empezó a preguntar y yo le entendÃa todo. Cuando estaba listo para responder me hizo una seña con la mano y le pidió a la intérprete que repitiera. La pregunta estaba hecha pero no habÃa respuesta. La mayorÃa de los asistentes no entendÃa lo que la intérprete decÃa. La tensión cayó con todo su peso sobre nuestras cabezas. Y luego… y luego, no respondÃ. Por una fracción de segundo que pareció eterna me quedé en blanco. Caray, ya sabÃa qué responder, habÃa entendido la pregunta y además estaba seguro de lo que iba a decir. Pero me quedé callado. La naturaleza de mi duda era la más estúpida en ese momento.
Algunos pares de ojos se abrieron desproporcionadamente. Entonces, abrà la boca y respondà a la pregunta con otra pregunta: “¿Debo responder en español?” Lo dije en alemán. Una que otra risa nerviosa. Carcajada de la intérprete. Respuesta del juez, “sólo responda lo que crea que es correcto, no importa el idioma”. Me apresuré a contestar antes de que la intérprete hiciera algo y prolongara más esos segundos de tensión. “¡Entonces, sÃ!”, contesté en alemán, para alivio de todos. Repitió la pregunta para Irena, con traducción, y ella también respondió “sÔ. Entonces, pasó algo que yo no esperaba. Yo pensaba que el juez iba a decir algo asà como, “entonces, por el poder que me confiere”, etc. Pero no. Me quedé de una pieza y rompà a llorar cuando dijo, “al responder ‘sÃ’ ya están ustedes casados”. No hubo necesidad de traducción porque ahora nos abrazábamos y sollozábamos, el final de una espera difÃcil y llena de angustia de los últimos meses.



Al salir de la sala, habÃa llegado más gente que no habÃa alcanzado a llegar a tiempo y comenzó la romerÃa de quienes
querÃan felicitarnos, algo asà como en los velorios cuando la gente se organiza para darle el pésame a los deudos. Abrazos, risas, lágrimas, flores, tarjetas… empezaron a repicar los celulares. Qué vergüenza, ya eran las nueve y ni siquiera habÃamos descolgado los abrigos del perchero cuando la siguiente ceremonia iba a empezar. Eso era como “capando marranos”, dirÃa mi papá. Asà que se confundÃan los recién llegados con los que nos esperaban afuera. Confieso que no sé muy bien qué pasó ni cómo llegué a mi casa después. SentÃa que flotaba entre nubes rosadas, a la manera cursi de las novelitas de CorÃn Tellado. Todos tenemos derecho a ser cursis de vez en cuando.
Ya en casa, las viandas que trajeron los papás de Irena estaban distribuidas. Igual, de alguna manera, yo me sentÃa como mosco en leche. SentÃa que toda esa gente reunida, mucho de los cuales era la primera vez que veÃa, estaba ahà por otro motivo. Trataba de seguir las conversaciones, pero mi limitado alemán apenas daba para el gasto. Cuando repartieron vino espumoso y todos se quedaron mirándome, deduje que querÃan que hiciera un discurso. Mi cabeza se habÃa quedado en algún punto entre la bicicleta de la española loca, los bigotes del alcalde y la mesa redonda, octogonal o lo que sea. Y ahora esperaban que hablara. Sólo atiné a decir “me he casado”, con tan mala suerte que usé el verbo auxiliar incorrecto y terminé diciendo “me fui casado”. Afortunadamente, todos celebraron la ocurrencia y alzaron las copas para brindar en todos los idiomas, pues los compañeros de Irena vienen, en muchos casos, de Europa Oriental.


Cuando todos se fueron y sólo quedamos los recién casados, los padres de la novia y su hermano, la mejor amiga de la novia y su novio, y el primo de la novia y su novia, arrancamos para la sala de la fama del pueblo alemán llamada Walhalla. El edificio es una réplica del Partenón y tiene una colección de bustos de los grandes alemanes de la historia. Curiosamente, las únicas dos mujeres del lugar son las dos diosas que salvaguardan su interior. Fotos frente a Wagner, por supuesto y también frente a Bach, por no dejar, pero, sobre todo, frente al rey Ludovico, constructor del lugar.
De postre, fuimos a almorzar comida griega. Caro y malo. Pero a quién le importaba. El papá de Irena se molestó porque pagamos subrepticiamente y él habÃa dicho que era su invitación.


Ya con los papás de Irena rumbo a su casa en Erlangen, la amiga y el primo a la suya, quedamos Irena, el hermano y yo. Mi primer acto de casado fue conseguir la residencia para evitar que el vencimiento de la visa me cogiera desprevenido. Fue decididamente una de las experiencias más atemorizadoras de mi vida.
(La siguiente página no tiene fotos todavÃa, pero están invitados a verla también)


